Patrono

SAN SILUÁN DEL MONTE ATHOS UN HOMBRE QUE LUCHÓ CONTRA EL ORGULLO, LA RAÍZ DE TODOS LOS MALES DEL MUNDO

Los hechos concretos de la vida del padre sjimonje Siluán del Monte Athos son harto breves, y pueden resumirse en unos cuantos datos tomados del monasterio de san Pantaleón (o Panteleimón), por su discípulo y biógrafo, el archimandrita Sofronio (Sájarov). Nació en la aldea de Shóvsk, condado de Liebedián, en la provincia rusa de Tambov, el año 1866. Llamábase Simeón Ivánovich Antónov, y perteneció a una familia de campesinos. A los 19 años de edad (aproximadamente en 1885), decidió abrazar el monacato, pero su padre lo instó a que primeramente hiciera el servicio militar, lo que el joven cumplió en un batallón de zapadores (hoy, ingenieros) en San Petersburgo. Llegó al Monte Athos en 1892, donde ingresó al monasterio de San Pantaleón. Fue tonsurado monje -pequeño hábito o sjima- en 1896 con el nombre de Silvano, aunque es más conocido por la forma rusa de Siluán. Finalmente, tomó el máximo grado del monasticismo -la gran sijma- en 1911. Cumplió las obediencias de trabajar en el molino de Kalamariá -una propiedad del monasterio situada fuera del Monte Athos- y en el economato o administración de San Pantaleón, al que por estar ocupado por rusos se le conocía como Rossikón. Murió allí el 24 de septiembre de 1938.

Por decisión del Santo Sínodo del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla, se canonizó al sjimonje Siluán el 24 de septiembre (11 de septiembre, según el calendario antiguo) de 1987.

Como puede apreciarse, el “currículum vitae” de Simeón Antónov parece no revelar nada extraordinario de la fama de santidad que cobró: de ser campesino, pasó a las filas castrenses y a partir de esto, se hizo monje y vivió como tal hasta su muerte. Sin embargo, su permanente búsqueda de Dios lo condujo a una paulatina transformación de sus costumbres, dejando las malas y adquiriendo las buenas.

A los cuatro años de edad -recuerda el archimandrita Sofronio-, escuchó la conversación que sostenían su padre y un librero ambulante, al que invitó por ser costumbre entre los campesinos rusos el acoger a los peregrinos. Le quedaron grabadas estas palabras dichas por el forastero: “¿En dónde está Dios?”, mientras intentaba convencer que Jesús no es Dios y que éste no existe. En ese momento, Simeón se propuso: “Cuando sea mayor, iré a buscar a Dios por toda la tierra”. Después de irse el huésped, el niño preguntó a su padre: “Tú me enseñas a orar, pero el hombre dice que Dios no existe”, ante lo cual el progenitor le dijo: “Pensé que era un hombre inteligente, pero resultó ser un estúpido. No prestes atención a lo que dijo”. Pero la duda del joven permaneció hasta los 19 años.

Ya mayor, mientras trabajaba como carpintero, Simeón se llenó de amor a Dios cuando supo de los milagros que se producían en la tumba del asceta Juan Sezionóvski, al que el pueblo consideraba un santo, pensó: “Si Juan es un santo, es que Dios está con nosotros y ya no tengo necesidad de recorrer toda la tierra para encontrarlo”.

Cuando recuperó la fe en Dios, comenzó a orar mucho y lloraba mientras lo hacía. Además, como lo confesara años después, dejó de verse atraído por las mujeres y las consideró como hermanas. Sintió el deseo de abrazar la vida monacal y pidió permiso a su padre para ingresar al monasterio de las Cuevas de Kiev; sin embargo, éste le dijo: “Primeramente, debes hacer el servicio militar y luego serás libre de ir”.

Pasaron tres meses y renacieron en Simeón los bríos de la juventud, y con ellos desarrolló una fuerza que le permitía levantar grandes ollas de comida calientes o romper una tabla con sólo un puñetazo. Esa fuerza descomunal lo llevó un día a golpear violentamente a un borracho que quiso quitarle un acordeón. Su vida experimentó un declive y hallándose en tal estado, Dios le envió un sueño en el que una serpiente se metía en su boca y penetraba en su cuerpo; tuvo un violento acceso de asco y se despertó, y escuchó: “Has tragado una serpiente en sueño y esto te repugna. A mí tampoco me gusta ver lo que lo que estás haciendo”. Simeón no vio a nadie, pero tuvo el convencimiento de que la dulce voz que oyó era la de la Madre de Dios; desde aquel instante, daba gracias a la Virgen María para impedir que continuara cayendo en el abismo.

Este llamado divino, ocurrido poco antes del servicio militar, lo empujó definitivamente a elegir el monacato. Se avergonzó de su pasado y sintió un profundo arrepentimiento.

Durante el tiempo que cumplió la carga civil en el batallón de zapadores de la Guardia Imperial en San Petersburgo, se hizo muy apreciado por su buena conducta y su amistad sincera, pero también reconocieron que el joven Simeón tenía puesto su pensamiento en el Monte Athos. Y aconteció que algún tiempo antes de concluir el servicio militar, fue junto a un escribiente del batallón a ver al padre Juan de Kronstadt para pedirle su bendición. Como no lo encontraron, le dejaron cartas: la del escribiente era larga y bonitamente escrita; la de Simeón sólo tenía este texto: “Padre mío, quiero hacerme monje; ore para que el mundo no me retenga”.

Al día siguiente, de vuelta en San Petersburgo, percibió que lo cubría “una llama de fuego infernal”. Regresó a su casa y estuvo allí con su familia sólo una semana. Juntó regalos para el monasterio, se despidió de todos y emprendió el viaje al Monte Athos; y desde el día en que el padre Juan de Kronstadt empezó a orar por él, esa “llama de fuego infernal” lo acompañaba a todas partes.

Era el otoño de 1892 y Simeón llegó a la Montaña Sagrada, entrando al monasterio de San Pantaleón. Según se acostumbraba en aquel territorio monástico, el novicio debía pasar unos días en soledad para recordar los pecados cometidos, luego anotarlos y decirlos al confesor. Así procedió, relatando todo lo malo que había cometido en su vida, tras lo cual su confesor le dijo: “Has confesado tus pecados delante de Dios; has de saber que te son perdonados todos. Desde hoy, comienza tu nueva vida y alégrate de que el Señor te trajera a este refugio de salvación”.

El hermano Simeón fue introducido en el régimen del monasterio, consistente en el recuerdo continuo de Dios, la oración solitaria en la celda, largos oficios en el templo, ayunos y vigilias, confesiones frecuentes, comuniones, lecturas, trabajos y obediencia. Aprendió la “oración de Jesús” con el cordón de rezo y a las tres semanas, aproximadamente, la oración penetró en su corazón, aunque todavía no comprendía la grandeza del don recibido.

El novicio era paciente, bondadoso y obediente, y lo amaban por estas virtudes; pero se sentía confundido e inquieto por la aparente quietud de su espíritu. Pronto, el demonio comenzó a atormentarlo con pensamientos de vanidad y luego de varios meses, el joven perdió paulatinamente las fuerzas y el ánimo, y se sintió abandonado y triste. Un día, en medio del servicio vespertino, se llenó del fuego de gracia del Espíritu Santo y fue elevado espiritualmente al cielo; en sus escritos, afirma que reconoció a Dios a través del Espíritu Santo y que cuando el Señor se aparece al alma, ésta no puede hacer otra cosa que reconocer en Él a su Creador y su Dios.

Vivió un período de éxtasis en el que todo le parecía bueno, pero ese estado no duró mucho. Entonces, se dirigió al viejo Rossikón y pidió consejo al padre stárets Anatolio. Éste le recomendó orar correctamente: “Durante la oración, guarda tu espíritu puro y desnudo de cualquier imaginación, y concéntralo en las palabras de la oración”. Transcurrido un lapso con el stárets, éste elogió a Simeón: “Si ya eres así ahora, ¿qué serás en la vejez”. Este comentario fue como un aguijón en el alma del joven, quien debió enfrentarse al enemigo más doloroso, difícil y sutil de todos: el orgullo, al que hasta ese momento Simeón no sabía cómo enfrentarlo.

Gracias a la lectura de las vidas de los santos y los escritos de los Santos Padres, así como a las consultas a los padres espirituales y a otros monjes de la Montaña Sagrada, el ya monje Siluán aprendió lentamente a combatir espiritualmente en las formas más elevadas, por medio de una ascesis imposible para la mayoría de los hombres. Interrumpía su sueño, evitaba tenderse en su lecho y dormía sobre un taburete; trabajaba incansablemente como obrero, practicaba la ascesis de la obediencia interior, con el propósito de anular su voluntad propia, y aprende a abandonarse a la voluntad de Dios. Comía frugalmente, conversaba poco y limitaba los movimientos de su cuerpo, todo ello en favor de prolongar los tiempos para la “oración de Jesús”. Aun así, se apagaba la luz de la gracia y el demonio volvía a atacarlo.

Tras 15 años desde que el Señor se le apareció y a pesar de las prosternaciones, el monje Siluán no conseguía la oración pura. “Señor, Tú ves que intento suplicarte con un espíritu puro, pero los demonios me lo impiden. Enséñame lo que he de hacer para que no me molesten”, suplicó. Y en su alma recibió esta respuesta: “Los orgullosos han de sufrir de este modo por parte de los demonios”. Siluán dijo: “Señor, enséñame lo que debo hacer para que mi alma se haga humilde”. Y de nuevo en su corazón tuvo una respuesta: “Mantén tu espíritu en el infierno y no desesperes”.

Fue, entonces, que el monje comprendió perfectamente que la raíz de todos los pecados es el orgullo, que Dios es humildad y que aquél que desea alcanzar a Dios, debe adquirir la humildad. Por ende, conoció que todo esfuerzo ascético debe orientarse a la adquisición de la humildad. He aquí que a Siluán se le había concedido conocer un gran misterio para alcanzar la salvación y la vida eterna. Su experiencia le mostró que el campo de batalla contra el mal está en nuestro propio corazón, allí es donde se anida el orgullo, una enfermedad que aleja a los hombres de Dios y colma el mundo de innumerables desgracias y sufrimientos.

A partir de la revelación que el Señor le dio, el monje Siluán siguió sin desviarse el camino de la humildad, adoptando como su “canto” preferido: “Pronto moriré y mi alma miserable descenderá a las tinieblas del infierno, y allí, solo en las llamas oscuras, gemiré clamando al Señor: ‘¿Dónde estás, luz de mi alma? ¿Por qué me has abandonado? No puedo vivir sin ti’”.

La gratitud de Siluán le hizo fijar sus ojos en aquéllos que no conocían a Dios. “Orar por los hombres es derramar la propia sangre”, decía, así como también: “Señor, no puedo estar solo, haz que el mundo entero te conozca”. Este amor por los hombres se ve reflejado en una conversación que tuvo con un ermitaño; éste le dijo: “Dios castigará a todos los ateos. Arderán en el fuego eterno”, y con pena en su corazón, el stárets Siluán le respondió: “Y bien, dime, te lo pido: si se te introdujera en el Paraíso y allí pudieses ver cómo alguien arde en el infierno, ¿podrías permanecer en paz?”. El ermitaño le contestó: “¿Qué hacer? Es por su propio pecado”, y un dolorido Siluán le dijo: “El amor no puede soportar eso… Es necesario orar por todos los hombres”.

Habiendo recibido la gracia y el conocimiento de Dios respecto a cómo enfrentar la lucha contra la raíz de todos los males, el monje Siluán dejó de orar por sí y pidió por todos, porque como está escrito en la carta del apóstol Pablo a los Romanos: “Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios” (3,23).

Hasta sus últimos días, aunque lo afligían la progresiva flaqueza de sus fuerzas y la enfermedad, mantuvo la costumbre de dormir entrecortando su sueño; de manera que tenía suficiente tiempo para la oración solitaria, en la que pedía por los vivos y los muertos, por los amigos y los enemigos… en fin, por todos los hombres.